Los ojos de Jacinto Reynolds, empresario de 48 años, sintieron un leve cosquilleo ayer. Ocurrió durante la hora de la comida, cuando todos los trabajadores se pelean por los turnos del microondas con tal de poder comer en los 20 minutos que la empresa les cede. "No fue por verles comer a toda prisa, sino porque había una fiambrera en la nevera que no era de nadie y dos de ellos se peleaban para quedársela. He estado a punto de pagarles un sandwich de la máquina a cada uno. Luego he recordado que ordené quitar la máquina de vending porque tapaba la visión de las cámaras de vigilancia que instalé", explica Reynolds.
El empresario ha procurado que sus trabajadores no perciban su emoción y ha tenido que improvisar comunicándoles que durante 2011 no podrán tener más de dos días seguidos de vacaciones. "Si se van demasiados días a veces les da por viajar y luego les cuesta coger el ritmo. Con los gritos que hemos soltado unos y otros ha quedado disimulada mi compasión. Un éxito".
De hecho, conforme Reynolds explicaba por teléfono lo que le había ocurrido, empezaba a dudar de sus propios sentimientos. "La verdad es que ahora mismo no sé si lo que he sentido ha sido lástima porque luego me ha dado la risa también. A veces los sentimientos se cruzan entre sí y uno no sabe qué pensar. El corazón humano es muy complejo, especialmente cuando uno se gana la vida como yo. Mi negocio son las personas. El alma, en definitiva. Da igual que mi empresa se dedique a la distribución de ventosas, lo importante son los sentimientos y yo hoy creo haber sentido algo".
El ejecutivo le ha pedido a su secretaria que le transcriba un par de libros de poemas que quiere leerse, así como un manual de psicología. "Quiero, por respeto a mis trabajadores, saber si lo que sentí fue lástima o más bien un poco de desprecio y necesito documentarme. Le he dicho que me transcriba el libro de nuevo porque así luego lo imprimo y devuelvo el original, que no quiero pagar por un libro. Creo mucho en eso de la cultura libre", explica.
"Muchos y muy buenos muchachos dan su vida diariamente en mis fábricas de ventosas de Vietnam, Khe Sanh y Langdok", sentencia Reynolds con orgullo. "Cada vez que una persona -en España o en Bélgica o donde sea- chupa una ventosa y la pega a un cristal, está chupando también un trocito del alma de todos y cada uno de esos muchachos".
No hay comentarios:
Publicar un comentario